La calma antes de la tormenta
(que ¡de calma tiene poco!)

Diciembre de 1999.

Yo tenía 12 años.
En ese preciso momento, el barco empezó a hundirse.
Lo recuerdo con claridad.
Lo que no sabía yo entonces es que al iceberg que provocó la catástrofe solo se le veía la cima.
Pero la fuerza de arrastre de ese monstruo nos iba a mantener a todos bajo agua durante años.
Éramos una familia como tantas otras.
Mi padre a sus 55 años era camionero.
Mi madre, aparejadora de bolsos.
Pero un día, a mi padre le detectaron problemas de visión y le prohibieron volver a conducir el camión.
¿Qué iba a hacer un hombre de esa edad sin poder hacer lo que siempre había hecho?
¿Cómo iba a reinsertarse en el mundo laboral?
Pasó un tiempo hasta que se presentó una oportunidad que en aquel momento nos pareció un regalo del cielo: les ofrecieron alquilar un pequeño bar en el casco histórico de nuestro pueblo.
¿Se plantearon el hecho de que no tenían ningún tipo de conocimiento de hostelería?
Para nada.
No tenían ni idea de lo que se les echaba encima.
Como te imaginarás, los comienzos fueron muy duros.
Era el año 2000 y apenas había información de valor en Internet sobre cómo gestionar un restaurante.
Pero si les faltaba experiencia y conocimiento, les sobraba constancia y esfuerzo.
Muchísimo esfuerzo.
No sabes lo orgulloso que me siento de ellos ahora.
Aunque no voy a negar que me pasé toda mi infancia detrás de una barra y dentro de una cocina.
Si tenía que pedirle un consejo a mi padre, lo tenía que hacer detrás de la barra del bar, esperando mi turno entre cliente y cliente.
Si tenía que pedirle ayuda a mi madre con los deberes, mi madre se quitaba sus guantes azules de fregar platos y me ayudaba.
Mi vida giraba en torno a las 4 paredes de aquel bar.
Como la economía familiar era un poco ajustada, si quería darme un capricho como otros niños, me lo tenía que ganar trabajando en el bar.
Como cualquier otro trabajador.
Así fue como me compré mi primera videoconsola.
Querían inculcarme que, para conseguir algo hay que sudar.
Y sudar, sudé.
Desde los 14 años.
Salía del colegio y me ponía ayudar a mi padre de lunes a viernes.
¿Que crees, que descansaba los fines de semana?
Al contrario, el trabajo era aún más intenso.
¿Me quejaba?
En absoluto.
No pensaba en otra cosa más que hacer un buen trabajo y ayudarles a sacar aquel negocio adelante.
Y ahora les agradezco que inculcasen los valores del trabajo y la constancia en mí.
Esa época para mí maravillosa (a pesar del mucho trabajo y sacrificio que representaba para un adolescente de mi edad) plantó la semilla que me ha hecho llegar hasta aquí hoy.
La semilla del amor por la hostelería.
Pero, eso era solo la calma antes de la tormenta.
Una calma que duró 6 años.

Arrastrados por la fuerza de una corriente infernal.

Mayo de 2006.
Estábamos convencidos de que habíamos aprendido a gestionar un negocio de hostelería.
Habíamos cogido confianza.
Nos íbamos a comer el mundo.
Creíamos que éramos indestructibles.
Pero estábamos muy equivocados.
Mis hermanos decidieron dar el salto.
Querían montar un restaurante desde cero hipotecando todo el patrimonio de la familia.
Todo.
Todo lo que generaciones anteriores habían acumulado con su esfuerzo… y lo que teníamos intención de dejar para generaciones posteriores.
Así, sin más.
Con todo el atrevimiento y desparpajo posible.
Era una apuesta muy, pero que muy arriesgada.
Podíamos quedarnos en la calle. Literalmente.
De un humilde bar como el que tenían mis padres, querían dar un salto de calidad importante sin los recursos, la formación y una estrategia definida.
Era tirarse al abismo sin paracaídas.
Efectivamente, el aterrizaje, como puedes imaginar, fue muy doloroso.
Si tuviese que describir aquella época del 2006 hasta 2014 utilizaría una única palabra: un auténtico infierno.
Los propios trabajadores robaban en el negocio.
Había retrasos en las nóminas.
Impagos a los proveedores.
Ningún tipo de control en la gestión.
El personal, decir que estaba desmotivado, es poco.
Mis padres se vieron obligados a dejar el bar para ayudar en el restaurante.
Discusiones un día sí y otro día también…
¡Una auténtica bola de nieve rodando a toda velocidad por la colina a punto de estallar!
Hasta que estalló.
En el 2014.
Llegó la primera de muchas más cartas de aviso de embargo.
Todo el patrimonio de generaciones se podía ir a la mierda.
Mi madre entró en una depresión muy grave.
Mi hermano casi pierde la vida en pleno servicio una tarde infernal que nunca olvidaré.
Y yo, hasta ahí llegué.
Así ni se podía trabajar. Ni se podía vivir.
¿Esto era lo mejor que podíamos esperar de la hostelería?
¿Así íbamos a vivir siempre?
¿Así funcionaban otros negocios?
¿Nos íbamos a seguir jugando nuestra salud?
¿Íbamos a seguir poniendo nuestras vidas en riesgo?
“Lo mejor que puedes hacer, Eloy, es desvincularte del restaurante familiar poco a poco”, me dije.

Sacando la cabeza por encima del agua.

En mis horas libres, buscaba trabajo en restaurantes de prestigio de mi zona.
Investigaba, identificaba el sitio que me interesaba, llamaba a la puerta y les decía “quiero aprender de vosotros”.
Vi cómo se gestionaba un restaurante familiar de éxito con más de 30 años de experiencia.
Trabajé con grandes cocineros Estrella Michelin como Paco Morales.
En la prestigiosa Escuela de Catas de Alicante.
Me sumé a equipos de caterings de bodas de mucho renombre…
A hoteles de 5 estrellas…
Franquicias de hostelería.
¡Llegué a trabajar más de 80 horas a la semana!
Pero no me importaba.
Tenía un objetivo clarísimo: sabía que no lo estábamos haciendo bien. Quería demostrarlo.
Y quería conocer en mi propia piel los entresijos de un negocio de hostelería profesional.
Aprendí muchísimo trabajando con profesionales de la hostelería.
Yo intentaba aplicar todo lo que había visto y aprendido a la gestión de nuestro restaurante.
Pero era prácticamente imposible.
Seguían las discusiones.
No paraban de llegar cartas de embargo.
La moral del equipo no es que estuviese por los suelos…
Es que era inexistente.
La herida era demasiado profunda.
A pesar de todo, yo seguía luchando.
¡Llámame iluso!
Pero yo seguía con mi misión.
Incluso lograba sacar tiempo libre para aprender mi otra pasión: el marketing digital.
Había visto que todos los negocios de éxito en los que había trabajado tenían un elemento en común: estrategias de marketing digital implementadas a la perfección.
Y quería aprender cómo lo hacían.
Quería dominar ese ingrediente tan importante porque presentía que iba a ser la clave del éxito del negocio de hostelería del siglo XXI.
De lo que aprendía, entre servicio y servicio, empecé a hacer acciones de marketing digital con un mini ordenar de 6 pulgadas.
Nos hice una página web.
Desarrollé estrategias en Facebook y TripAdvisor.
Y se notó.
De hecho, mis humildes acciones se tradujeron en un aumento considerable de clientes.
¡Tú sabes lo que me motivó eso!
Pero lo que dio el impulso final sucedió un 6 de septiembre de 2016.
Me pidieron que organizase una cena para más de 400 personas en una pedanía cerca de mi pueblo.
“Ha llegado el momento, Eloy”, me dije. “Esta es la oportunidad que esperabas. Si esto sale según el plan, te vas a Madrid a hacer un Master de Marketing Digital.”
El evento salió bordado.
Y con los beneficios que obtuve, cogí mis cosas y me planté en la capital.
A los 7 días puse rumbo hacia mi nueva vida.
A los 7 días ya me había alquilado una habitación en Madrid.
Y empecé a hacer no un Máster.
Empecé a hacer dos: uno presencial en Marketing Digital y otro online, de Marketing Gastronómico.
Al mes de estar en Madrid, conseguí mi primer cliente y al siguiente mes, el segundo.
La vida me estaba sonriendo.
Por fin.
Hoy, tengo el blog de marketing gastronómico de habla hispana más leído en todo el mundo.
Hoy, tengo el libro más leído en Amazon sobre marketing gastronómico: “Gastromarketing”.
Y hoy, gracias a mi trabajo, ayudo a cientos de negocios a evitar que sean arrastrados por el mismo alud infernal por el que mi familia y yo pasamos.
Porque eso no es vivir.

*Agradezco a cada una de las personas (padres, hermanos, amigos, mentores, compañeros de trabajo…) que aparecen en esta página por todo lo aprendido. Sin ell@s no sería la persona que soy ahora. Gracias